Al margen de la galaxia y en el corazón del huracán

Sin duda la Agenda 2030, documento aprobado en el 2015 por la Asamblea General de las Naciones Unidas, nos convoca a todos los actores públicos, privados y a las organizaciones de las sociedad civil en pos lograr las metas que nos indican los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible propuestos por la misma Agenda.

Pese la atractiva narración de ese hoja de ruta hacia el bienestar global, los problemas, porque siempre hay problemas, empiezan a la hora de poner aquellas palabras dentro de la realidad, en estrecho contacto con la cotidianidad, con el día a día de la humanidad. Difícil lograr ese sueño ante el sistema de colusión y conflictos de interés entre financia y política. Frente ese perverso y globalizado sistema como podemos, por ejemplo, declarar “Hambre Cero” y convivir con un restringido puñado de empresas que controlan el 100% de la cadena agroalimentaria, desde la propiedad de recursos genéticos hasta orientarnos para el consumo.

Cómo podemos, por ejemplo, alcanzar una educación de calidad para todas y todos ante la agresiva y excluyente privatización desde las salas cuna hasta las Academias y actuando modelos educativos incapaces de construir ciudadanía; o garantizar y proteger la salud pública o el acceso a bienes públicos patrimonios de la humanidad como el agua. O peor aún cómo podemos conjugar el amor a la patria con las áreas de sacrificio, invocando el necesario precio para alcanzar el desarrollo.

Entonces el relato se nos hace corto hasta mudarse en un simple texto, sin duda muy atractivo y extraordinariamente visionario que nos promete un planeta limpio, sin pobreza y sin que nadie se quede atrás, como se suele escuchar en los discursos oficiales.

Resulta claro que esos esperados logros sólo se concretan formulando medidas de política pública adecuada y correspondientes, y sin embargo el verdadero desafío que nos adelanta la Agenda 2030 es nada más ni nada menos el llamado a la sociedad política y por ende la misma visión del mundo que cada partido lleva en su discurso. Ya porque fundamento de la democracia representativa sigue siendo los partidos políticos, todavía y no obstante la caída de credibilidad y el constante aumento de abstención al voto, reflejo de una deuda de representatividad y de la incapacidad de entender esa liquidez que caracteriza, conforma y modifica a menudo la realidad en que estamos.

Vivimos tiempos líquidos, tal vez de ese liquido con tendencia gaseiforme cuya composición poco se conoce. Seamos sinceros, desde la supuesta caída de las ideologías (o sólo una?), shock tras shock, viejos muros abatidos y nuevos levantados y ante la constante y multifacética penetración del pos-capitalismo, somos testigos activo y pasivo de esta época confusa, rapida, en constante e irreversible desarrollo tecnológico y donde la las redes sociales se han apoderado de la nuestra privacidad y hasta se encargan de dar de baja o promover temas, personalidades, en fin ya saben.

Asistimos, preocupados y tal vez asombrados, al progresivo escalamiento de fuerzas conservadoras que democraticamente elegidas hoy gobiernan en muchos de aquellos países que marcan la economía, la gestión ambiental y la paz del planeta entero. Registramos la globalización de esa nueva clase dirigente cuyo discurso ha logrando tocar las cuerdas más sensibles del ciudadano común y corriente: la seguridad y la eficiencias. Dos temas que se han convertidos en verdaderos caballos de batalla y pilares de esa nueva ideología del sentido común. Todo eso tan rapidamente que ya las palabras populismo, izquierda y derecha se hacen cortas para entender lo que estamos viviendo día por día.

Pero eso es otro tema y merece más tiempo, más profundidad, tal vez más coraje.

En fin, cuento corto y para volver al tema del desarrollo sostenible, ese fuerte llamado a las alianzas entre público, privado y social, condición necesaria para lograr lo esperado, implica un cambio radical en el mismísimo concepto de colaboración y sólo se puede dar bajo nuevos paradigmas para el desarrollo humano y ambiental. No se trata de algo nuevo sobre todo mirando estrechamente a la relación entre Estado y organismos de la sociedad civil, pues esa problematica siempre se ha presentado en el camino de las organizaciones sociales, dentro del corazón de los conflictos.

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